domingo, 30 de septiembre de 2012

La sirena, por siempre encadenada a las aguas, encontró su escapatoria en forma de humano, con ojos cristalinos como el propio océano. Poco a poco lo atrajo hacia ella y juntos nadaron en la superficie, entre besos que sabían a sal y peces de colores. Sin embargo, la sirena se dejó llevar y al ser cruel y egoísta por naturaleza se aferró al cuerpo del joven y lo sumergió hasta que en sus pulmones no quedaba oxígeno, olvidando por completo que hasta los enamorados se hunden.