domingo, 27 de noviembre de 2011

(R)evolución.


El tiempo avanza más rápido de lo que puedes llegar a percibir.
Los niños se convierten en adultos cada vez más pronto, pero no maduran antes. 
"Tú eras igual de pequeño" nos dicen nuestros padres, ajenos a lo que pasa en realidad. Lo cierto es que no, papá, yo con once años no me quedaba en la calle hasta las tantas- prefería ver programas tontos por la tele. Y no, mamá, la verdad es que con catorce años mi mayor hobby era obsesionarme por grupos de música extranjeros, no fumar y beber hasta quedarme sin neuronas.

Los lazos y las amistades se procesan a través de redes sociales. Tuenti se ha convertido en nuestro centro de reunión, y, por triste que parezca, nuestra amistad depende de si tienes conexión a internet o no. Por otro lado, si quiero dejar de ser tu amigo simplemente te elimino de Facebook que equivale a un adiós definitivo en la vida real y luego lo pongo en Twitter para que todos estén al tanto. Patético.

En nuestro país existe mucha gente sin casa, pero también muchas casas sin gente, y los críos llegan a la universidad sin saber cuánto es dos más dos y con veinte faltas de ortografía por cada frase que escriben.

Nos precipitamos, le damos más valor a las cosas materiales y no a los momentos. Decimos "te quiero" con más facilidad y más rápido. Nos aferramos a las personas casi sin conocerlas y les damos todo nuestro cariño, hasta que cuando de verdad las conocemos ya no nos queda nada para dar.

Vivimos en una sociedad llena de estereotipos, donde los individuos no nacen, sino que se manufacturan.

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